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Cómo aumentar la eficacia de los fertilizantes

Cómo aumentar la eficacia de los fertilizantes

24 de abril de 202661

Cómo aumentar la eficacia de los fertilizantes

Gracias a la nutrición, tanto foliar como radicular, la planta forma sus estructuras y aumenta rápidamente su biomasa cuando dispone de una alimentación equilibrada.

La vida de un organismo vegetal se basa en un complejo conjunto de reacciones metabólicas que tienen lugar tanto con el medio que lo rodea como dentro de las células, entre células y entre los diferentes órganos. Un suministro equilibrado de los distintos elementos minerales garantiza la coordinación y continuidad de todos los procesos biológicos y de las funciones fisiológicas de la planta.

El proceso fundamental mediante el cual las plantas producen materia orgánica es la fotosíntesis. No obstante, también son capaces de absorber, en pequeñas cantidades, aminoácidos, reguladores del crecimiento, vitaminas, antibióticos y dióxido de carbono (CO₂) del medio ambiente.

Figura 1. Secuencia de absorción de nutrientes por el sistema radicular.

La intensidad con la que las plantas absorben los nutrientes minerales depende no solo de las características biológicas de cada especie y de las condiciones ambientales (disponibilidad de nutrientes en la solución del suelo, temperatura adecuada, aireación del suelo, etc.), sino también de la cantidad de energía y de compuestos orgánicos producidos mediante la fotosíntesis.

La mayor parte del nitrógeno, del agua y de los elementos minerales llega a la planta desde el suelo a través del sistema radicular.

Los suelos contienen grandes reservas de macro y micronutrientes debido a su origen mineral; sin embargo, la mayor parte de estos elementos se encuentra en formas no disponibles para las plantas.

La disponibilidad de los nutrientes depende de numerosos factores, entre ellos:

  • la concentración de nutrientes en la solución del suelo;

  • el pH del suelo;

  • la capacidad tampón del suelo;

  • la actividad de los microorganismos;

  • el régimen térmico.

Cuando el pH es ácido, el complejo de intercambio del suelo libera iones Al³⁺. En concentraciones elevadas, estos presentan una marcada fitotoxicidad, provocando inhibición del crecimiento e incluso la muerte de las plantas. Además, un pH bajo afecta negativamente a la microbiota del suelo. En las leguminosas, por ejemplo, dificulta la simbiosis con las bacterias fijadoras de nitrógeno presentes en los nódulos radiculares.

Para un desarrollo óptimo, las plantas necesitan un medio cercano a la neutralidad. En estas condiciones disminuye la reactividad química de los nutrientes y la mayoría de los elementos (N, P, K, Co, Mo, Ca, Mg, S y B) son absorbidos con mayor eficiencia. Se reducen los fenómenos de antagonismo entre nutrientes y aumentan las interacciones sinérgicas. Asimismo, la microbiota del suelo alcanza un desarrollo óptimo.

Por el contrario, un pH superior a 7 dificulta la absorción de fósforo, manganeso, zinc y otros micronutrientes debido a la formación de compuestos insolubles. Los suelos alcalinos suelen presentar problemas de salinidad, escasa estructura, baja permeabilidad en los horizontes inferiores y pueden sufrir encharcamiento o formación de costras superficiales tras lluvias intensas.

La disponibilidad de fósforo en el suelo está directamente relacionada con la solubilidad de los distintos compuestos fosfatados. Las plantas únicamente absorben fósforo en forma de iones fosfato presentes en la solución del suelo. Por ello, la cantidad de fósforo disponible depende directamente de la capacidad de estos compuestos para disolverse y mantener un suministro continuo en dicha solución.

La velocidad con la que el fósforo vuelve a incorporarse a la solución del suelo depende directamente de la solubilidad de los fosfatos. Cuando el pH del suelo es igual o inferior a 5,5, el fósforo aportado mediante los fertilizantes queda fijado por los iones de aluminio y hierro, transformándose en formas no disponibles para las plantas. Por el contrario, cuando el pH supera 7, el fósforo es inmovilizado por el calcio mediante la formación de fosfato tricálcico. Este fenómeno se conoce como retrogradación del fósforo.

Los fosfatos de calcio son compuestos de muy difícil absorción. Solo un reducido grupo de cultivos, como el altramuz, el guisante, el trigo sarraceno o el esparceta, es capaz de movilizar este fósforo gracias a los ácidos orgánicos liberados por sus raíces.

En los suelos ricos en materia orgánica y con una microbiota activa, la eficiencia de utilización del fósforo procedente de los fertilizantes es considerablemente mayor. Las sustancias húmicas estimulan la actividad biológica del suelo, favorecen los procesos metabólicos de las plantas e incrementan la producción de exudados radiculares.

Estos exudados contienen ácidos orgánicos capaces de solubilizar los fosfatos poco disponibles. Además, las raíces producen la enzima fosfatasa, que libera el fósforo unido a la materia orgánica y acelera los procesos de mineralización.

Figura 2. Evolución de la disponibilidad de las principales formas asimilables de nutrientes.

El fertilizante organomineral «Perla Negra» contribuye a:

  • optimizar el pH del suelo;

  • mejorar su estructura;

  • aumentar la capacidad de retención de agua;

  • estimular significativamente la actividad microbiológica;

  • transformar formas poco disponibles de nutrientes en formas fácilmente asimilables;

  • incrementar la resistencia de las plantas frente al déficit hídrico y la salinidad.

El potasio presente en el suelo puede encontrarse en formas fijadas o intercambiables.

El potasio fijado forma parte de minerales poco solubles, como la moscovita, la biotita y los feldespatos, por lo que resulta prácticamente inaccesible para las plantas. Sin embargo, cuando existe suficiente humedad y aumenta la concentración de ácido carbónico en el suelo, parte de este potasio se libera gradualmente mediante la meteorización de los minerales.

El potasio retenido por el complejo de intercambio del suelo constituye la fracción más fácilmente disponible. Gracias a su capacidad para intercambiarse con otros cationes, pasa con facilidad a la solución del suelo y puede ser absorbido por las raíces. A medida que esta reserva disminuye, el potasio restante queda retenido con mayor intensidad y su liberación se vuelve progresivamente más lenta.

Por este motivo, el contenido de potasio intercambiable constituye un excelente indicador del nivel de fertilidad potásica del suelo.

También es fundamental considerar la extracción de nutrientes con la cosecha. En muchas ocasiones, la cantidad de nutrientes exportados supera las reservas disponibles del suelo. Para mantener un balance nutricional equilibrado, es necesario reponer estos elementos mediante una fertilización técnicamente justificada.

Por ejemplo, para producir una tonelada de trigo de invierno se requieren aproximadamente:

  • 20–40 kg de nitrógeno (N);

  • 11–15 kg de fósforo (P);

  • 20–30 kg de potasio (K);

  • 5–7 kg de azufre (S);

  • 1–2 kg de calcio (Ca);

  • 0,8–1 kg de magnesio (Mg).

Las aplicaciones foliares no permiten compensar deficiencias importantes de fósforo o potasio, ya que la capacidad de absorción de la hoja está limitada tanto por la concentración de la solución aplicada como por el tipo de fertilizante utilizado.

Para mejorar la eficiencia de la fertilización se recomienda utilizar «Perla Negra», un fertilizante organomineral elaborado a partir de humus y residuos vegetales.

Este producto estimula la actividad de la microbiota beneficiosa, participa directamente en la nutrición mineral de las plantas, mejora la estructura del suelo y su capacidad de retención de agua, mientras que su fracción orgánica contribuye a mantener la capacidad tampón del suelo.